APRENDIZAJES DE UNA EDAD INCIERTA

 

El pasado tiene una particularidad de lo más tozuda. Continúa alejándose. Lo que ya era pretérito se convierte, con los años, en un pretérito todavía mayor. Acontecimientos que uno había archivado cómodamente bajo la etiqueta “hace unos años” empiezan a necesitar cifras de dos dígitos y, en el mejor de los casos, nos desayunamos con noticias tan sorprendentes como las que nos hacen saber que personas a las que nuestra memoria dejó instaladas en los cuarenta están soplando setenta y tantas velas.

El tiempo aprovecha, sin duda, la más mínima distracción de uno. Hay recuerdos que no nos parecen mucho más antiguos que cuando los recordábamos hace cinco años y, sin embargo, son un lustro más viejos. ¡Qué falta de consideración!

Con el pasado envejece también todo lo que lo habitaba: padres, hermanos, amigos y, con una disciplina francamente innecesaria, también los animales; los futbolistas que uno sigue recordando con veintidós años, los cantantes de ópera a los que nuestra memoria conserva en un debut de hace décadas y hasta aquellas personas con las que apenas habíamos cruzado cuatro palabras pero que formaban parte del decorado vital de un lugar. Pienso en Corcubión y me vienen a la memoria Tutito o aquel señor extraordinariamente perseverante a la hora de pedir un cigarro o una limosna, de quien, sorprendentemente, nunca supe el nombre. Uno no preguntaba por ellos al llegar ni los echaba conscientemente de menos al marcharse; sencillamente estaban. Hasta que dejan de estar y se descubre que también el decorado envejece.

Ocurre incluso con personajes célebres absolutamente inanes: muere alguien en quien no habíamos pensado durante quince años y la noticia nos sorprende. No formaba parte de nuestra vida, pero sí de nuestro tiempo, que no es exactamente lo mismo. Y las cosas tampoco se libran: el coche moderno se convierte en clásico, la canción reciente pasa a los grandes éxitos de otra década y el restaurante de moda pasó de moda mucho ha sin que nadie sepa exactamente cuándo ocurrió.

Pero la cronología, con ser llamativa, no es lo más interesante. Las personas no se limitan a cumplir años: cambian y algunas lo hacen de maneras verdaderamente sorprendentes. Durante la juventud la personalidad parecía formarse sin excesiva intervención del interesado. Uno acumulaba manías, entusiasmos, expresiones, defectos, alguna virtud y acababa convertido, para bien o para mal, en alguien bastante concreto. Los motes daban fe de aquello: se componían solos y cumplían una función casi notarial, certificando que aquel individuo era particularmente algo. Algunos, examinados hoy, requerirían probablemente asistencia letrada, pero eran personales. Ahora muchos ya no tendrían sentido y los que corresponderían resultarían bastante menos precisos: sospecho que el mismo mote serviría para veintitrés personas y que, de gritarlo en una terraza, habría que aportar algún dato adicional para evitar que respondiese al reclamo media mesa.

También cambia, y de una forma bastante menos anunciada, el lugar que ocupan los demás. Los amigos de la infancia, instalados casi por derecho de antigüedad en el pódium de la quintaesencia de la amistad, pueden ir descendiendo posiciones sin pelea, traición ni resolución administrativa que lo acuerde. Simplemente las vidas dejan de discurrir juntas. Y así, alguien con quien compartimos casas, familias, veranos, secretos y versiones primitivas de nosotros mismos puede acabar sentado enfrente produciendo la extraña sensación de ser casi un desconocido: sabemos demasiado de alguien a quien ya apenas conocemos. En sentido contrario, uno conoce a una persona que lleva más de dos décadas en el mundo sin nuestra colaboración, con la personalidad ya razonablemente forjada y toda la documentación en regla, y resulta que encaja con una naturalidad sospechosa. Al cabo de uno, dos o cuatro años cuesta recordar cómo eran determinadas cosas antes de conocerla. Algunas personas con las que compartimos media vida terminan perteneciendo fundamentalmente a nuestros recuerdos; otras llegan cuando la obra lleva veinte años empezada y enseguida parece que hubiésemos asistido al alumbramiento. El calendario, por fortuna, lleva bastante mal la contabilidad de los afectos.

Y luego está un fenómeno que, según mis cálculos -cuya principal ventaja científica es no haber sido comprobados-, afecta aproximadamente al setenta u ochenta por ciento de la población. Llegada cierta edad parece existir un catálogo relativamente breve de personalidades adultas. Uno conoce a alguien nuevo y a los pocos minutos tiene la impresión de haberlo conocido ya tres veces. No porque todos piensen exactamente igual, sino porque se parecen las maneras de explicarse, las preocupaciones, las cosas que “suman”, las que “ya no compensan” y, muy especialmente, la necesidad de proteger una paz interior que, a juzgar por el despliegue organizado para defenderla, debe de atravesar una situación internacional delicadísima. La impostación, además, va in crescendo: cuanto más se parece uno a los demás, mayor parece la necesidad de comunicar su singularidad. Cuando éramos verdaderamente peculiares no hacía falta explicarlo; los demás ya se habían dado cuenta. Ahora, si uno viaja, conviene dejar constancia; si hace deporte, también; y si pasa tres días en el campo existe siempre el riesgo de regresar habiendo reconectado.

Hasta las conversaciones parecen haber adquirido un temario. En muchas mujeres, una vez agotada la extraordinaria cantera argumental de las bodas, el programa se desplaza hacia tener hijos, no tenerlos, querer tenerlos, cuándo tenerlos y, con particular interés, cuándo piensan tenerlos las demás. Entre muchos hombres el relevo suele asumirlo la economía: tipos de interés, fondos, hipotecas, rentabilidades y oportunidades de inversión ocupan larguísimos circunloquios de personas que pocos años antes no conseguían conservar cincuenta euros hasta final de mes y que ahora manejan una visión bastante completa de la política monetaria del Banco Central Europeo. Que no se enfade nadie; los hombres y las mujeres pueden intercambiarse en estos temas de conversación como si fueran cromos.

La homologación, en todo caso, tiene sus ventajas: reduce la incertidumbre y permite conocer determinadas opiniones antes de cometer la imprudencia de preguntarlas. Quizá por eso adquiere tanto valor ese veinte o treinta por ciento restante que, por resistencia, despiste o falta de información, todavía no ha consultado el catálogo. No tienen por qué ser mejores; algunos son incluso bastante peores, pero son peores de una manera personal. Y a estas alturas ser idiota sin parecerse a otros diez mil idiotas constituye ya una forma respetable de originalidad.

Algo parecido me ocurre con los lugares. Madrid me sigue gustando mucho, pero hemos alcanzado un grado de progreso en el que para hacer espontáneamente casi cualquier cosa conviene haberla organizado con suficiente antelación. Para comer hay que reservar, para cualquier trámite hay que registrarse y hasta las diversiones empiezan a exigir una previsión que antiguamente estaba reservada a las mudanzas y a determinados viajes transoceánicos. La espontaneidad, convenientemente organizada, continúa disponible. Quizá por eso me atrae cada vez más lo que no es la ciudad. No he sentido todavía la llamada del pastoreo ni creo que la agricultura tenga especial interés en contar conmigo, pero agradezco poder comprobar de vez en cuando que aquello sigue existiendo y que no era solamente un concepto de aprendizaje escolar. Que todavía hay lugares donde uno sale sin saber demasiado bien adónde va, entra en un establecimiento sin conocer previamente su puntuación, despacha incluso largas horas con alguien con quien no había quedado y descubre al final del día que el mejor plan había consistido precisamente en no tener ninguno. Naturalmente, todo esto puede organizarse también en Madrid. Pero entonces ya volvemos a empezar.

Existe, por último, una posibilidad que conviene contemplar antes de elevar todo lo anterior a teoría sociológica: que el que esté cambiando sea yo. Porque si uno empieza a sospechar que el ochenta por ciento de la población ha escogido personalidad en un catálogo, que las conversaciones vienen con orden del día, que las ciudades han complicado extraordinariamente la sencillez y que, además, él ha descubierto por su cuenta las verdaderas leyes de la amistad, quizá la comunidad científica aconsejase empezar examinando al investigador. Es perfectamente posible que los demás estén bien y que todo esto no sea más que la evolución natural de un señor que empieza a adquirir manías, a preferir determinados sitios y personas y, lo que suele ser bastante peor, a considerar que todo ello obedece a razones perfectamente objetivas. De hecho, atendiendo a mis propios porcentajes, lo más probable es que yo haya escogido también mi personalidad del catálogo, que otros veintitrés estén escribiendo ahora mismo algo muy parecido y que mi supuesta singularidad consista únicamente en no conocerlos. Es una explicación sencilla, estadísticamente sólida y bastante más verosímil que la mía. Pero no es así. Yo no soy de esos. Porque no. Y punto.

                                                                                   

 
    COLORADÍN PERBORATO. 

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